Debilidad = caos.
Ya en alguna oportunidad comenté acerca de la corrupción buena y la corrupción mala, y cómo estas terminan socavando el esfuerzo por una Guatemala mejor. Ni siquiera buena, solo mejor que la actual, que, dicho sea de paso, da señales de estar peor.
Sin embargo, es imposible erradicar dicha corrupción, más allá de por la pobreza cacaraqueada a lo largo de décadas, por la permeabilización que dicho flagelo ha logrado en la cultura popular, máxime a sabiendas que carece de condena o castigo. Incluso da lugar a pensar que la corrupción es toda una estrategia de filosofía política para redistribuir la riqueza en el país a través de la asignación presupuestaria y la autonomía municipal, una vez sabemos que desde tal perspectiva sí que ha resultado exitosa. Hoy vemos más ricos en el interior que antaño, incluso con sendas cadenas de oro en su cuello.
De hecho, y ante el "éxito de la citada estrategia", el fastuoso incremento de candidatos a alcaldías y "honorables" corporaciones municipales, comités, congreso y hasta presidencia es una realidad en cada nuevo evento eleccionario. Una multitud de abnegados guatemaltecos de luz con la férrea intención de hacerse con el poder con el sublime propósito de mejorar las cosas.
No, en absoluto abnegados guatemaltecos de luz y menos aún con sublime propósito alguno sino lo que ya todos sabemos.
Por si fuera poco, miles de empleados de gobierno central y municipalidades contratados con sueldo seguro con el propósito principal de contar con su voto en el momento oportuno para alcanzar la continuidad en el poder. Un sufragio que a sueldo mínimo aproximado de 6,500 al mes (incluye prestaciones), nos cuesta a los contribuyentes Q 312,000.00 cada cuatro años. Por 150,000 burócratas, 46,800 millones cada cuatro años. ¿Por qué 150,000 y no los cerca de 300,000 probables funcionarios? Porque de alguna manera confío en que al menos la mitad sí sirva para cuando menos mantener a Guatemala en un pie.
Así, solo en sueldos entre políticos y huesos en el gobierno el despilfarro es absurdamente brutal aunque totalmente legal. Nada anómalo. Al igual que las dietas de "honorables" concejos municipales y tantas más, legales, aunque inmorales. Pero well, los únicos Morales en el país son los del apellido. Y ni así todos.
El nudo que impide resolver: la voluntad política. Sí, sin voluntad política es imposible corregir tal corrupción. Sin embargo, no puede ser la voluntad de un solo equipo, partido o gobierno sino la voluntad política de todos los actores involucrados: congreso, ejecutivo, Ministerio Público, organismo judicial y municipalidades cuando menos. Lo cual, dados los propios intereses de los funcionarios de alto rango en cada uno de tales poderes, resulta imposible. Si en la familia uno solo de sus miembros puede destruirla, cómo no en un sistema de gobierno. Basta ver la semilla de Raíces.
En este sentido vale la pena recordar e incluso dar a conocer a aquellos líderes militares que, amén de auténtico liderazgo nacional, conociendo de nuestra naturaleza humana se ocuparon en visitar sorpresivamente dependencias de gobierno implantando orden, disciplina y respeto al constatar que la burocracia estuviera puntual en sus puestos de trabajo y... trabajando. No refaccionando, almorzando, tomando café en grupo al rededor de la cafetera o manoseándose en pareja bajo las escaleras.
Eran tiempos de liderazgo y autoridad, de imposición incluso, lo que a muchos no gusta por lo conveniente que les resulta lo contrario: el desorden y el caos.
Además, la debacle que se vive en Europa y de la cual Estados Unidos a través de Trump intenta deshacerse, es la misma que se ha instalado acá, con sus palabras y sonrisas bonitas e hipócritas que aplauden la libertad y los DDHH, tal si nuestra cultura general no fuera la de aprovecharnos y libertinajear, diferente a la general de nórdicos y alemanes, mismos que por cierto han sido los últimos en caer en esa hermosa trampa, aunque con el ejemplo Trump empiezan a hacer esfuerzos por deslindarse. Casualmente, en esa hermosa trampa, China y Rusia nunca cayeron. ¿Serán los autores? Aunque tampoco, ni por asomo, Suiza, Japón y Polonia, entre quienes recuerdo.
Guatemala es caos y desorden. Todos se ofenden por lo mínimo, y cuando vemos en escena a algún extranjero defender su postura como se hace en otros lares, nos sorprende y hasta lo tildamos de abusivo. Nos están formando débiles. ¿O ya lo somos?
La debilidad es el caos.
Lic. José L. Elgueta J
Comentarios
Publicar un comentario