Por qué o para qué escribes?

Tal fue la pregunta que un amigo lector me lanzó recientemente, agregando que si bien mi estilo le agradaba, no le encontraba sentido me dedicara a tal oficio durante horas e incluso días sin remuneración alguna.

En términos generales, tiene razón. Sin embargo, no es común que el escritor promedio obtenga remuneración alguna. Siendo que deberá escribir con la pluma de Dios, o la del Diablo, para lograrlo. Los otros, nos, quienes no tenemos acceso a tal proeza, solo conseguiremos remuneración si, como todo otro oficio, poseemos la capacidad de relacionarnos positivamente con el mundo y olvidar a tramos la franqueza. Y en caso de coincidir la pluma de Dios con esa capacidad de armonizar, empatizar con el mundo y hacerse de vista gorda con la franqueza, pues la remuneración estará garantizada. 

Sin embargo, el oficio de escritor, en general, es solitario. De hecho, es quizá la única vocación que nos queda emprender cuando finalmente descubrimos y aceptamos el placer de la soledad, una vez nos permite fantasear con amigos imaginarios, tanto como con todo un mundo irreal, creado por nosotros, a nuestra medida y para nuestra propia complacencia. Con absoluta franqueza. Nuestro mayor pecado para lograr tal remuneración.

De hecho, escribir, más allá de colocar letras, palabras, frases y oraciones una detrás de otra, de manera ordenada y brindándole sentido a algún texto, vida de hecho, y hacer posible que lectores y escritor viajemos en él mismo, exige, antes que nada, poner en orden las neuronas, ordenando las necesarias en tanto se someten, ignoran e incluso otras se desechan.

Pero respondiendo a mi amigo real, escribir, efectivamente no es por lo general un negocio en metálico ni en billete sino, las más de las veces, un negocio mental con réditos que campanean entre la autocomplacencia y la emoción de la duda del logro eficaz de un mensaje vivo, de un texto con vida, lo que a la vez exige cierta cordura y tino, cuidado incluso. Las más de las veces, como advierto, pues en no pocas ocasiones escribir exige un muy estrecho y extremadamente endeble puente que nos permita coquetear con la locura y la cordura, sin enamorarnos de lleno de una o de otra, o cuando menos, aparentarlo. Con locura o con cordura, y un toque de sutil franqueza.

Lic Jose L. Elgueta J. 


   


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