¿Nuestra naturaleza?
Más allá de izquierda y derecha, de capitalismo y socialismo, identificamos tres auténticas cabezas del bien... o del mal, según el gusto y creencia de cada ciudadano de este planeta. Y una vez como ciudadanos de este planeta no nos pongamos de acuerdo en apostar por uno solo de ellos, los cánticos de guerra continuarán entre estas tres cabezas.
Sí, la inestabilidad social, el fuerte aroma a guerra mundial se debe a la existencia de más de uno, tres cuando menos reitero: USA, China y Rusia para ser preciso, con intenciones y potencial bélico y político cada uno, para intentar imponerse en el mundo sobre los otros dos.
Sí, olvidémonos de la cacareada paz, respeto, solidaridad y demás palabrería del buenismo, la democracia y similares en tanto exista en el planeta más de uno con intenciones de amo, ya que tal como sucede en el narcotráfico, en la política, en las pandillas e incluso en las iglesias, el jefe nunca está a salvo de la traición, incluso de su segundo al mando. Es nuestra naturaleza humana. De hecho, ni en el matrimonio.
Así, el poderío bélico y político de USA, China y Rusia no contribuyen en nada a la paz mundial, menos aún cuando los 2 últimos identifican en el primero un enemigo común y se alían y refugian entre sí, e incluso se parapetan o esconden detrás de Irán y Venezuela, entre otros, en contra de dichos Estados Unidos de América.
Por qué? ¿Son acaso los líderes actuales de Rusia y China garantía de un mejor planeta? ¿De un desarrollo humano justo y equitativo? ¿Y sus gobiernos y sistemas? Pamplinas. Cada cual de ellos sueña con imponerse y dominar a su manera, y en cuanto alguno logre ser ese amo absoluto con que sueñan, la humanidad simplemente cambiará de amo, como en el pasado lo fueron Roma, Inglaterra, España, el Vaticano, Mongolia y tantos más.
Sin embargo, tales liderazgos los creamos nosotros mismos, a nuestra manera emocional. Si, nosotros los de a pie somos quienes les hacemos la upa, engrandeciendo a uno u otro e incluso otros. El o los que que emocionalmente percibimos acorde, acordes, con nuestros sueños e ilusiones, con nuestros intereses, y lo o los colocamos sobre el o los otros. Es más, renunciar a los tres, de hecho no parece sensato. Quizá porque tampoco sea natural sentirse auténticamente libre, sin amo alguno. Amén del caos social que se desataría, pues se quiera o no, necesitamos ese ser supremo que nos guíe e incluso nos someta. Desde el cura hasta el general o el político. Lo más tenebroso.
Pero ¿qué sucedería si todos nos ponemos de acuerdo y elegimos uno solo de entre esos tres? Imposible, pues a través de ellos, a través de cada uno de ellos, imaginamos que seremos nosotros quienes ostentaremos el poder y dominaremos y someteremos a la otra parte de la población mundial, obteniendo sus recursos y enseñoreándonos sobre ellos. ¡O no? ¿No acaso el que apoya a X o Y lo hace convencido de que es una persona mejor moralmente? Al igual que el que apoya a Z o D. Sin embargo, la realidad: no somos más que simples títeres, en general, pues en no pocos casos se llega al extremo de convertirse en auténticos instrumentos de guerra mediante paga por alabar a uno, otro o los tres, dado el sutil acomodo a que nuestra ética y nuestra moral se han acostumbrado.
Para finalizar, todos los poderes son susceptibles a la seducción del cariño tanto como al poder de los misiles, por lo que no sería extraño ver que, por ejemplo Rusia, opté por inclinarse a favor de Estados Unidos, abandonando también a Irán y haciendo cierta amalgama contra China; misma esta última que al fin de cuentas permanece sospechosamente en silencio, quizá astutamente esperando la distracción en Irán para arremeter contra Taiwan. O previo acordada. Pues así funcionan política y poder: con traición.
Santos... solo los que pensamos y glorificamos.
Viva pues la guerra. Nuestra guerra. La guerra que cada uno de nosotros construimos, a nuestra manera.
Apostando desde este rincón por el mundo occidental tal era en la década de 1960, aunque inesperada y sorpresivamente podría ahora disparar desde la luna.
Lic José L. Elgueta J.
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