Desarrollo económico y social: su sinergia.

Quienes hemos tenido oportunidad de acercarnos a las teorías y conceptos básicos de la economía, la administración y la sicología, y las hemos experimentado viviéndolas desde distintas esferas a lo largo, inferimos que gobernar debe ser, en esencia: construir desarrollo social a partir de desarrollo económico.

Un gran reto que solo es posible realizar cuando se poseen recursos, como suele suceder en el ámbito de producción privado, aunque en este me refiero a recursos públicos, como lo son los impuestos recaudados. El único recurso con que el gobierno cuenta para producir. ¿Para producir qué? Desarrollo social. 

Así, los impuestos recaudados deben ser asignados y distribuidos en presupuesto para, en primera instancia, satisfacer las necesidades básicas de la población: alimentación (agricultura), salud, educación, comunicaciones, seguridad y emprendimientos esencialmente, necesidades mismas que una vez satisfechas deben permitir la realización del gobernado: la construcción de su propio sueño, dentro de las fronteras del país. 

Es decir, debe permitírsele al gobernado la oportunidad de incorporarse al sector económico del país trabajando y produciendo como empleado o como empresario, aunque más allá de para su realización personal, para la realización personal también de los futuros gobernados, los que vienen atrás, por lo que como empleado o empresario debe sumarse a la generación de nuevos recursos públicos (impuestos recaudados) para el gobierno, y así este pueda continuar construyendo el desarrollo social citado en un sinfín cuyo objetivo es satisfacer las necesidades de la población.

Para lograrlo, el gobierno debe satisfacer las necesidades básicas, pero además, formar tanto mano de obra calificada como profesionales de primera línea en las áreas de desarrollo adecuadas. Por supuesto, esto en un ámbito moderadamente ideal.    

De tal, todo gobierno necesita en esencia del apoyo de la economía: productores, pero también consumidores, principalmente para obtener ese recurso público que luego debe ser asignado y distribuido en presupuesto de nación con el objetivo de que dicho produzca el citado desarrollo social y a la vez, en el mencionado sinfín, regrese nuevamente al desarrollo económico para generar recursos nuevos que lleven el beneficio a los otros, los que vienen atrás. 

La producción es imperante entonces. Transformar materias primas dotándoles de valores agregados, más allá de como señala la mercadotecnia: para satisfacer las necesidades del consumidor, para satisfacer las necesidades de toda la población total de un país, mediante la generación de recursos públicos: impuestos, que permitan al gobierno llevar a cabo su función de construir y producir desarrollo social, dentro de los ámbitos de la decencia y la honestidad.

Conceptualizamos entonces desde las ciencias económicas, desde la  mercadotecnia en especial, que los emprendimientos son base esencial del desarrollo económico de los pueblos, el cual, con una adecuada gestión política de gobierno, reitero, trasciende a desarrollo social. 

Sí, los emprendimientos generan desarrollo económico, sin embargo, este nunca será suficiente para el desarrollo integral de un país en caso la gestión política del gobierno carezca de auténtica visión de desarrollo social. Pero, de no existir tal desarrollo económico, el desarrollo social es imposible aún con la mejor disciplina y visión política de gobierno, o la simple “intención”, tal sucede en Cuba, según indica el OCDH.

Así mismo, si los tales emprendimientos se realizan dentro del ámbito de la legalidad, se constituyen entonces en apreciable fuente de tributo y recaudación fiscal del país: de desarrollo económico, pero además, en valiosa fuente de información confiable para la toma de decisiones a nivel macroeconómico, para la correcta asignación y distribución de los recursos. Decisiones cuya incidencia en el desarrollo integral son cruciales, para bien o para mal.

Así las cosas, los emprendimientos no pueden ser ignorados por los gobernantes, menos aún menospreciados, una vez se constituyen en fuente importante de ese recurso público llamado: impuesto.  

De tal suerte, un gran reto para todo gobierno es construir desarrollo social sin olvidar, menospreciar y menos aún limitar la construcción del desarrollo económico, ya que a instancias de este, el otro. Y jamás al revés. 

Inferimos pues que el gobernante ideal debe contar, entre lo más básico y elemental, tanto con la comprensión, visión y tenacidad que el desarrollo económico exige, como con el conocimiento de las características culturales y necesidades de la población para llevar a cabo su gestión gubernamental de desarrollo social con mejores visos de éxito. 

Cabe en este instante traer a colación aquella eterna duda de cómo medir el impacto del desarrollo social. A sabiendas, el único factible de cuantificarse y medirse con certeza es el desarrollo económico, de tal que si el desarrollo social es bueno, sólido y contundente, repercutirá en desarrollo económico. No a expensas de remesas por cierto, tal sucede hoy día en el país, evidenciando el desastre o la ausencia de desarrollo social. Y por ende económico.

Retomando el tema, derribar barreras no arancelarias, políticas y demás que impidan la prosperidad del pueblo, hacer realidad la cristalización del sueño americano dentro de las fronteras es labor ineludible de todo gobierno, incluyendo los autónomos municipales, quienes no pocas veces son los más reacios y quienes menos eco hacen al clamor de desarrollo. Sin embargo, la importancia del desarrollo económico es tal que incluso las barreras arancelarias tampoco deben ser inmunes a su revisión y corrección, una vez se perciba o sospeche siquiera que impiden la cristalización del sueño señalado.

Desarrollo social es pues: ayudar a la generación constante de nuevos ricos. 

Lic. José Luis Elgueta Jegerlehner


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